Lo que ignoras, te grita
Notas sobre el cuerpo como recordatorio
Me levanté de la cama con esa voluntad torpe de llenar un día más, o uno menos. Un pie en el suelo, luego el otro, y de pronto, sin aviso, un dolor que me recorría la costilla izquierda como un remolino que desintegraba todo lo que encontrara a su paso. La respiración se convirtió en un lujo que sólo podía pagar a plazos.
Inmovilizada. Caí de rodillas en el baño, reconstruyendo la realidad en pedacitos entre suspiros que abrían diminutas puertas de alivio, preguntándome si había dormido en una posición desconfigurada o si, tal vez, la gravedad había decidido ensañarse conmigo. Pude ver mi reflejo en las baldosas: mi vulnerabilidad hablaba en silencio con un enemigo sin rostro.
El dolor tiene esa capacidad: de repente lo reorganiza todo. Los planes, la ambición, la prisa. Incluso logra de forma mucho más eficiente lo que no logran mis intentos diarios de meditación: dejar la mente en un espacio liminal sin palabras. Pero como dice Virginia Woolf, cuando el dolor grita, la mente se queda sin palabras. Toda la existencia se reduce a un solo deseo: volver al momento en que no dolía. Ese lugar tan cotidiano que de repente parece glorioso. Pero para llegar a lo que no duele, hay que atravesar lo que si duele, y dejarlo hablar. No rodearlo, no negarlo. Sentarse a tomar un café con él, preguntarle qué quiere.
El fisioterapeuta me pidió que nombrara el dolor. No solo señalarlo, sino describirlo: agudo, punzante, sordo, eléctrico, terco. Tras escucharme me dijo: “si no le prestas atención, vuelve más fuerte”. La crueldad poética del cuerpo: lo que ignoras, te grita. Lo que no reconoces, te inmoviliza.
Me estaba hablando directamente. Y es que así como hay personas que son buenas escuchando los ecos de lo que grita la enfermedad, le hacen caso, se echan en cama y sucumben ante ella. Yo suelo ser lo opuesto. Suelo entrar en una batalla silenciosa con la enfermedad, juego a ser fuerte, me cuento cuentos de resiliencia y productividad, pequeñas mentiras que adornan mi incapacidad de parar. Para algunos de nosotros, el descanso no es un regalo natural; es una lección que aprendemos solo después de múltiples batallas perdidas, jugando a ser guerreros en una pelea absurda contra nosotros mismos. No estoy orgullosa de esto, puedo ver que no es más que una cicatriz del sistema que premia la velocidad y castiga la pausa. Mi mente me hace creer que puedo seguir, y es que si - tengo altos niveles de dopamina, pero cuando duele; sigo, y me pregunto porque me he metido en esta batalla absurda ¿quién puede más?¿yo o yo?; aunque gane, siempre saldré perdiendo.
El fisioterapeuta me ayudó a poder nombrar el dolor. Me explicó la importancia de poder mover nuestro propio dolor, pues este suele trae información que si aprendemos a escuchar nos facilitaría el movernos - hacia dónde, y porqué. El dolor inmoviliza, el reconocimiento lo desbloquea.
Empecé a prestar atención. A sentir, no solo ese nudo en la costilla, sino todos los nudos: el cuello, el tobillo derecho que siempre creí normal, la rodilla que me duele cuando subo muchos escalones, el músculo debajo del omóplato que nunca había sentido hasta que el fisioterapeuta me dijo: “Ahí”. Y entonces ahí. Ahí estaba. Como si al nombrarlo lo sacara a la luz. El dolor ignorado no desaparece, solo aprende a hablar en susurros.
El fisioterapeuta también me explicó que el dolor es relacional. Claro que un dolor esta interconectado con otro. Así como nuestro dolor altera nuestro entorno, nuestra paciencia mengua, nuestra comunicación se vuelve áspera, nuestros vínculos se tensan. Porque el dolor, así como el gozo, es contagioso de maneras sutiles. Se filtra en las miradas. El cuerpo como la vida son sistemas interconectados. En ese momento, acostada en la camilla, sintiendo cada uno de esos nudos que me acompañan comenzaba a annhelar la risa ligera que llega después de la incomodidad. Le pregunté si el alivio también era relacional - ´Si´ me respondió con un guiño - el alivio es contagioso. Y eso instantáneamente me hizo pensar en la idea de que quizá el bienestar no es una meta individual, sino un circuito colectivo donde, si uno se libera, todos respiramos un poco mejor.
La atención es una linterna y también un micrófono. Todo se amplifica. Me di cuenta que me había vuelto experta en ignorar mis dolores porque es verdad que dolía más cuando lo miraba. Como si el dolor tuviera la vanidad absurda de un niño que se comporta peor cuando hay público. Cuando uno escucha, el dolor crece. Se expande como si estuviera esperando ser visto. Toda la incomodidad ignorada aparece, se sienta en la sala, pone los pies en la mesa. Paradójicamente, la única forma que encontré de que desaparezca fue haciendo esto: prestándole atención. Nombrarlo. Preguntarle qué quiere. Porque el dolor, en el fondo, solo quiere ser invitado. Quiere contarte algo que, aunque no entiendas, debes escuchar.
Escribiendo esto me di cuenta que para mi el dolor es la prueba más certera de que existo. El dolor, es la grieta por la que se cuela lo real. A veces, es la única forma que tiene el cuerpo de obligar a la mente a guardar silencio. Quizá el dolor llega para eso: para callar por completo. Y en ese silencio incómodo, uno recuerda que somos carne, hueso, nervios y tiempo. Un contenedor biológico que, como todo en la naturaleza, cambia de estado, se mueve hacía el equilibrio y por eso; necesita desorden para reorganizarse.
Somos parte de un flujo: un circuito entre opuestos. Fuerza y fragilidad, orden, caos. Vida, muerte. Salud, enfermedad. No somos uno más que otro, somos ambas experiencias, y entre más pronto lo veamos como natural, menos miedo tendremos a nuestra vulnerabilidad. Se que esta de moda reconocernos vulnerables, pero yo creo que nos aterra. Nos aterra reconocer que somos un cuerpo en proceso de descomposición. Y es que aunque nosotros procesamos, lo escribamos, lo hablemos en terapia, el cuerpo procesa el mundo a su manera: no podemos intelectualizar el dolor, así como no podemos razonar con un corazón roto para que sane.
Quizá nos hemos vuelto mejores hablando de la vulnerabilidad, hemos mejorado en reconocerla en teoría, pero inconscientemente la seguimos castigando en la práctica. El auge del wellness y el auge de sabernos vulnerables hablan de nuestras contradicciones. Hablamos de autocuidado mientras seguimos exigiéndonos productividad disfrazada de yoga y smoothies verdes.
Pienso que el wellness es, a veces, nuestra forma romántica - y un poco kitsch - de negar que somos vulnerables. De tratar de domar el caos. El wellness se nos vende como un pacto de perfección: si haces todo bien, no te dolerá nada. Mentira. Por más aceites esenciales, saludos al sol al amanecer y adaptógenos que consumamos, tarde o temprano nos va a doler algo. Tarde o temprano el cuerpo te invita - más bien te obliga- a sentarte con él, a mirar su fragilidad de frente. A recordarte que no eres invencible, que ni falta hace.





Que manera de poner en palabras el proceso de somatización y su cura!!! La pausa y la escucha consciente!!!! ✨
MUCHAS GRACIAS LUISA!!
Sanas tú y sanamos los demás al leerte!!!
Varias de las ideas que planteas me intrigaron, me quedaré reflexionándolas. Para empezar, si el bienestar es, como planteas, colectivo, eso significa que la insensibilidad ante el sufrimiento de otros y por ende la falta de empatía solo agravan los problemas que enfrentamos todos juntos como sociedad. Por otra parte, no dejo de pensar en lo imperante que es escuchar al cuerpo. La mente no es la única que habla, y cuando nos demos cuenta de eso, veremos que la vida más humanamente plena es la que hace las pases con su dolor.
Es un texto maravilloso, profundo y bellamente narrado. Me conmovió muchísimo, ¡gracias por compartilo! <3<3